El gen educador, científico e innovador argentino
De la escuela pública y los premios Nobel a la educación técnica, la inteligencia artificial y el espacio: el conocimiento convertido en soberanía y futuro
Segunda y última entrega de “La tierra y las estrellas”. En la primera recorrimos el gen hacedor: Dardo Rocha fundando ciudades, Frondizi cambiando la pregunta, el acero, la energía y las persianas que se levantan cada madrugada. Aquella historia terminaba en la puerta de una escuela. Esta empieza adentro.
Encender conciencias
Quizás la obra más extraordinaria de un país no sea aquello que construye con las manos, sino aquello que consigue despertar en la mente de un niño: una pregunta, una curiosidad, la sospecha maravillosa de que el mundo puede ser comprendido y, acaso, transformado. Los países se miden por su producto bruto interno; sospecho que también deberían medirse por su asombro bruto interno, ese capital invisible que no cotiza en ninguna bolsa y sin embargo decide, a treinta años vista, todas las cotizaciones.
Una fábrica empieza mucho antes de la fábrica. Lo dijimos al cerrar el recorrido anterior y conviene repetirlo como quien repite una contraseña: antes del acero, del torno y del algoritmo, empieza en el instante secreto en que alguien descubre que es capaz de hacer algo que hasta entonces ignoraba. La primera gran industria de una nación es la inteligencia de su pueblo. Todo lo demás —los puertos, los gasoductos, las patentes— son consecuencias que tardan décadas en notarse.
Fundar ciudadanos
Acaso sea pertinente empezar por el principio, y el principio tiene apellido sanjuanino. Sarmiento intuyó, en una Argentina todavía invertebrada, extensa y casi despoblada, que aquellas distancias no se vencían solamente con caminos, porque había otra lejanía más honda: la que separa a una persona de sus propias posibilidades. La escuela debía ser el puente. Se le atribuye a Sarmiento la convicción de que todos los problemas son, en el fondo, problemas de educación; exageraba, claro, con esa desmesura suya de río crecido que discutía con todos e incluso consigo mismo. Pero las exageraciones de los fundadores suelen ser los planos de los países.
No hace falta absolverlo de sus sombras para reconocer la magnitud de su obra. Su concepción de civilización cargó exclusiones y violencias que el tiempo nos obliga a revisar, y una nación adulta no elige entre venerar a sus fundadores o arrojarlos al olvido: los estudia enteros, aprende de sus luces e interroga sus abismos. Es el mismo criterio con que miramos a Rocha en la entrega anterior, porque la historia no es un altar ni los próceres son estampitas.
Durante su presidencia se multiplicaron las escuelas y la población escolar creció de manera extraordinaria; impulsó bibliotecas populares, la Academia Nacional de Ciencias, el Observatorio de Córdoba, la Oficina Meteorológica y la formación de profesores y científicos, dimensiones que conserva el Museo Histórico Sarmiento. Para él, educación, comunicaciones, ciencia e infraestructura eran partes de una misma arquitectura nacional: antes de tender un ferrocarril había que formar la inteligencia capaz de imaginar su recorrido; antes de construir una máquina, enseñar a preguntar cómo funciona; antes de fundar la República, fundar al ciudadano. En el capítulo anterior dijimos que Rocha fundaba ciudades. Sarmiento, quién te dice, fundaba algo más difícil todavía: fundaba lectores. Y un lector, a diferencia de una ciudad, no se puede expropiar.
Escuelas vivas
Sarmiento pensó la escuela como una política de Estado; Rosario Vera Peñaloza la convirtió en una experiencia del alma. Confieso que quien escribe estas líneas guarda una vieja ternura por los maestros de escuela, esa infantería silenciosa del desarrollo que nunca aparece en las fotos de los anuncios y siempre aparece en las biografías de los que llegaron. Rosario fue su generala riojana. Nacida en La Rioja, formada en la tradición normalista y entregada durante toda su vida a la enseñanza, comprendió algo que todavía hoy olvidamos: educar no es llenar una conciencia, es encenderla.
Durante siglos la pedagogía occidental se rigió por aquel refrán atroz que aseguraba que la letra con sangre entra. Rosario demostró exactamente lo contrario: la letra entra con juego, con asombro, con las manos metidas en el barro de las cosas. El psicólogo Jean Piaget nos enseñaría después, con todo el aparato de la ciencia, lo que ella practicaba con intuición de maestra: el niño no recibe el conocimiento como quien recibe una encomienda; lo construye. Por eso creó jardines de infantes, formó docentes, recorrió provincias y concibió el Primer Museo Argentino para la Escuela Primaria, donde no quería objetos inmóviles detrás de una vitrina sino una escuela viva, un espacio donde aprender fuera también tocar, jugar, observar y construir. Esa concepción todavía respira en el Museo Bernasconi. Sarmiento había levantado la arquitectura; Rosario dejó entrar a los niños.
Allí aparece una primera verdad del Desarrollismo Inteligente: ningún sistema educativo puede limitarse a transmitir las respuestas de las generaciones anteriores; debe preparar las preguntas de una época que todavía no empezó. La memoria importa, pero una escuela habitada solamente por el pasado corre el riesgo de volverse un museo de conocimientos muertos. El aula debe recuperar su condición de aventura: talleres, laboratorios, programación, robótica, arte, inteligencia artificial, máquinas que puedan desarmarse, problemas reales que reclamen soluciones, empresas y universidades con las puertas abiertas, científicos conversando con los chicos, maestros reconocidos como los primeros constructores del desarrollo. Porque el conocimiento que no se usa termina pareciéndose demasiado a un instrumento musical que nadie se atreve a tocar. Y no hay espectáculo más melancólico que un piano cerrado.
Linaje científico
Bernardo Houssay se atrevió. Investigó la función de la hipófisis en la regulación del azúcar en la sangre y recibió el Premio Nobel de Medicina en 1947, pero la dimensión verdaderamente nacional de Houssay no se agota en aquel reconocimiento: un Nobel corona a un hombre; una escuela científica atraviesa generaciones. Houssay sentenció, con una frase que merecería estar grabada en la puerta de cada ministerio, que la ciencia no tiene patria, pero el hombre de ciencia la tiene. Cuando fue apartado de la universidad siguió investigando, creó instituciones, formó discípulos y presidió el CONICET desde su fundación, porque entendía que la ciencia no era una colección de inteligencias excepcionales sino una disciplina colectiva hecha de maestros, equipos, laboratorios y continuidad. La genialidad, quién te dice, acaso no sea otra cosa que una tradición bien organizada.
Uno de aquellos discípulos fue Luis Federico Leloir, que trabajó durante décadas en Buenos Aires, muchas veces con recursos modestos, hasta descubrir los nucleótidos de azúcar y su papel en la biosíntesis de los carbohidratos; el Nobel de Química llegó en 1970. Ahora bien: se ha repetido tanto la modestia material de su laboratorio que corremos el riesgo de extraer la enseñanza equivocada. La precariedad puede acompañar accidentalmente a la grandeza, pero jamás debería convertirse en política científica: Leloir no triunfó gracias a la escasez, triunfó a pesar de ella, porque tenía una inteligencia extraordinaria y además había recibido formación, encontrado maestros y construido un equipo, tradición que la Fundación Instituto Leloir continúa. Digámoslo con contundencia: el viejo consuelo escolar de que el saber no ocupa lugar es una mentira piadosa. El saber ocupa laboratorios, ocupa salarios, ocupa presupuestos. Lo único que no ocupa lugar es la ignorancia, y por eso sale tan barata al principio y tan cara después.
Exportar cerebros
La Argentina produjo tres premios Nobel científicos: Houssay en Medicina, Leloir en Química y César Milstein nuevamente en Medicina, en 1984, por el desarrollo de los anticuerpos monoclonales junto con Georges Köhler. A modo de provocación operativa sentenciaré: la Argentina no tuvo tres premios Nobel; tuvo un sistema capaz de producirlos, y después lo fue desarmando pieza por pieza mientras se consolaba con los diplomas.
Milstein había partido del país. Su descubrimiento transformó el diagnóstico, la investigación y el tratamiento de enfermedades en todo el mundo, pero fue realizado en Cambridge. Orgullo argentino y, a la vez, herida argentina: hay una melancolía particular en los triunfos ajenos que pudieron ser propios, porque se parecen a esos amores que funcionaron, pero en otra casa. Una nación que exporta cerebros e importa tecnología paga dos veces: primero pierde la inteligencia que formó y después compra los frutos que esa inteligencia produce lejos de ella. El refrán lo venía anunciando desde los evangelios de barrio: nadie es profeta en su tierra. El problema empieza cuando un país convierte ese refrán en la política migratoria de su talento.
Desde una perspectiva antagónica se dirá que la ciencia es global y que pretender retenerla es provincianismo. En parte es cierto: la ciencia necesita circulación, intercambio, otros idiomas y otros laboratorios, y no se trata de impedir que nuestros científicos recorran el mundo. El problema comienza cuando el viaje deja de ser un puente y se convierte en exilio, cuando partir es la única manera de crecer, cuando la Argentina celebra el éxito de quienes se fueron pero no modifica las causas que hicieron necesaria su partida. Un país no retiene talento con discursos patrióticos: lo retiene con proyectos, con laboratorios equipados, con salarios dignos, con desafíos intelectuales, con empresas que investigan, con universidades conectadas al mundo y con la posibilidad de convertir una idea en un descubrimiento, un descubrimiento en una patente y una patente en una empresa argentina. Las banderas convocan; los proyectos retienen.
Bronces inútiles
René Favaloro hizo el camino inverso. Después de sus años como médico rural en Jacinto Aráuz y de formarse en la Cleveland Clinic, desarrolló en 1967 la técnica del bypass coronario con vena safena; podía quedarse en los Estados Unidos, rodeado de reconocimiento y recursos, y eligió volver. Quiso construir en la Argentina una institución que reuniera medicina, investigación y docencia, porque no le alcanzaba con haber creado una técnica capaz de salvar millones de vidas: quería crear una escuela. Había inventado un puente para que la sangre pudiera esquivar una obstrucción, y después intentó otro puente, acaso más difícil, entre la excelencia individual y una institución nacional duradera; su Fundación conserva esa concepción.
La tragedia de sus últimos años sigue interpelándonos. Quien escribe estas líneas ha visto descubrirse demasiadas placas: solemos homenajear a nuestros creadores cuando ya no pueden escucharnos, les damos el nombre de una calle, de un aula, de un hospital, los convertimos en bronce. Pero el bronce no investiga, el bronce no paga salarios, el bronce no sostiene una institución. Quizás el verdadero homenaje a Houssay, Leloir, Milstein y Favaloro no consista en recordarlos mejor, sino en construir de una buena vez el sistema que hubiera permitido multiplicarlos. Los países chicos hacen estatuas; los países grandes hacen discípulos.
Aulas usinas
En otro orden de cosas, conviene detenerse en un oficio que no figura en los organigramas ni en los manuales de economía: el de los traductores. Personas que hablan, a la vez, el idioma del balance y el idioma del pizarrón; que pueden sentarse a la mañana con un gerente de planta y a la tarde con una maestra de taller, y lograr que ambos se entiendan. Quizás Erika Bienek practica ese oficio desde los programas educativos de Techint, y no resulta desatinado suponer que allí se juega una de las claves del desarrollo, porque las naciones no se quedan sin ingenieros por falta de talento: se quedan sin traductores entre la escuela y la fábrica.
Ese trabajo parte de una verdad que muchas empresas descubren demasiado tarde: la comunidad no es el paisaje que rodea a una fábrica, es una parte de su infraestructura humana. Paolo Rocca ha sostenido que una empresa solo puede crecer si también crece la comunidad que la rodea; la afirmación es poderosa, pero su interpretación más exigente comienza donde termina el aplauso, porque del dicho al hecho hay un trecho que en la Argentina suele medirse en generaciones. Si la educación técnica es verdaderamente estratégica, no alcanza con algunas escuelas extraordinarias rodeadas por un sistema que se deteriora: el desafío consiste en convertir la experiencia acumulada en un modelo capaz de irradiarse, formar docentes, compartir conocimiento pedagógico, conectar establecimientos públicos con plantas industriales y abrir caminos para que cada estudiante pueda seguir en la universidad, entrar a una pyme o fundar la propia. Los Programas Educativos Roberto Rocca constituyen una experiencia valiosa, pero su mayor posibilidad todavía está delante de ellos. Una gran empresa puede educar para cubrir sus necesidades de talento; un campeón nacional educa para ampliar las capacidades de todo el país. La diferencia parece pequeña y es inmensa.
No hablamos de filantropía en la periferia del negocio, sino de desarrollo en su corazón. La empresa aporta tecnología, cultura industrial, mentores y problemas reales; la escuela aporta creatividad, diversidad y una mirada todavía no domesticada por la costumbre; la universidad aporta investigación; el sistema científico, conocimiento de frontera; las pymes, velocidad para probar y producir; el Estado, escala, continuidad y sentido nacional. Cuando esas partes se encuentran, un aula deja de ser únicamente un aula: se transforma en una usina, y de las usinas salen proyectos, inventos, patentes, soluciones para la comunidad y emprendimientos. Jóvenes que no esperen durante años a que alguien les conceda un empleo, sino que aprendan también a crearlo.
Un ejército de emprendedores argentinos, y conviene explicar la metáfora antes de que la malinterprete algún distraído: no una multitud librada a su suerte bajo la consigna de sálvese quien pueda. Un ejército se forma, se organiza y dispone de instrumentos; necesita crédito, tecnología, mentores, incubadoras, mercados y una estrategia, porque la épica emprendedora sin ecosistema suele terminar en soledad. El Desarrollismo Inteligente no propone reemplazar empleados por emprendedores ni escuelas por incubadoras: propone ampliar los destinos posibles, formar trabajadores capaces de comprender la tecnología que utilizan, técnicos que puedan mejorarla, científicos que puedan crearla, empresarios capaces de convertirla en producción y ciudadanos capaces de decidir, al final del día, para qué sirve todo eso.
Escuchar silencios
Mateo Salvatto pertenece a esa nueva estirpe. A los dieciocho años no empezó preguntándose qué aplicación podía vender: encontró primero un silencio, el de miles de personas con dificultades para comunicarse, y recién después creó Háblalo. La secuencia importa, porque todo emprendedor verdadero empieza escuchando un silencio: primero el problema humano, después la tecnología. Se había formado en una escuela técnica, había competido en robótica, sabía construir; pero la innovación apareció cuando ese conocimiento se encontró con la empatía. El neurocientífico Antonio Damasio nos enseñó que no existe razón pura sin una emoción que la oriente, y Salvatto es la demostración pedagógica de ese hallazgo: la técnica le dio las herramientas y la sensibilidad le indicó dónde usarlas. Háblalo llegó a personas de decenas de países, y lo que nació como una aplicación muestra algo más hondo: un pibe argentino puede detectar una necesidad universal, resolverla desde acá y ofrecérsela al mundo. Eso también es exportar. No granos, no petróleo, no minerales: inteligencia argentina convertida en dignidad humana.
Estrellas propias
María Noel de Castro Campos prolonga el recorrido hacia el otro extremo de la saga, porque si la primera entrega era la tierra, esta siempre fue el capítulo de las estrellas. Nacida en Salta, formada como ingeniera biomédica y especializada en ingeniería aeroespacial, se prepara como candidata para integrar una futura misión espacial privada, y la CONAE junto a la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología formalizaron el respaldo argentino a su candidatura. El vuelo pertenece todavía al territorio de lo posible, no de lo consumado, y precisamente por eso importa: todo futuro empieza siendo una posibilidad que alguien decide tomarse en serio.
Hay una continuidad secreta entre los azules del cielo de Cafayate, el Observatorio de Córdoba que impulsó Sarmiento, el Observatorio de La Plata que fundó Rocha y la formación aeroespacial de Noel. Durante generaciones miramos las estrellas; ahora una argentina se prepara para viajar hacia ellas. Pero el verdadero acontecimiento, quién te dice, no sería que una compatriota alcance el espacio, sino que miles de chicas, al verla, comprendieran que la ingeniería, la biomedicina y la exploración espacial también les pertenecen. El éxito individual conmueve; la capacidad multiplicada desarrolla.
Puentes cruzados
Bettina Bulgheroni ocupa otra frontera decisiva: aquella donde la sensibilidad social puede convertirse en poder institucional, y el poder institucional en oportunidades. Desde la Fundación Educando trabajó sobre educación, formación e inclusión, y su reciente designación al frente de la Iniciativa del Sector Privado de las Américas, creada por la OEA, amplía extraordinariamente la escala de esa tarea: reunir empresas, gobiernos, organizaciones y entidades financieras alrededor de la energía, la inteligencia artificial, la transformación digital y la formación de talentos. No es una condecoración: es un mandato. La vieja sabiduría lo dijo mejor que cualquier consultora: a Dios rogando y con el mazo dando. Construir puentes constituye una virtud solamente cuando alguien consigue cruzarlos, y el diálogo público-privado vale cuando deja escuelas equipadas, docentes formados, empresas nuevas, empleos de calidad y comunidades capaces de sostener su propio desarrollo. Tiene ante sí la posibilidad de convertir la filantropía en una política continental de capacidades, y de demostrar que la responsabilidad social alcanza su madurez el día en que deja de aliviar solamente las consecuencias y empieza a transformar las causas.
Experiencias como las que recorrimos —la escuela técnica junto a la planta industrial, la aplicación nacida de un silencio, la candidata astronauta, la plataforma continental— existen hoy dispersas, cada una en su órbita, sin conocerse entre sí. Precisamente allí interviene el Desarrollismo Inteligente: proponer la arquitectura que las convierta en una red argentina y latinoamericana de educación para el desarrollo. Escuelas técnicas 5.0, laboratorios de fabricación digital, inteligencia artificial disponible para docentes y estudiantes, formación junto a grandes empresas y pymes, becas vinculadas con proyectos nacionales, incubadoras dentro de universidades, científicos que puedan crear empresas sin abandonar la investigación, empresarios que vuelvan a las aulas a enseñar lo aprendido, jóvenes de comunidades indígenas y de pueblos chicos conectados con los territorios más avanzados del conocimiento. No para subordinar la educación a la empresa: para liberar todas las capacidades que una educación desconectada deja dormidas.
Soberanía cognitiva
El Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI reúne tres revoluciones que la Argentina pensó por separado durante demasiado tiempo: la Revolución Educativa, la Revolución Científico-Tecnológica y la Revolución Industrial. La escuela descubre el talento, la ciencia lo lleva hasta la frontera de lo conocido, la empresa lo transforma en producción, trabajo y riqueza, y una parte de esa riqueza regresa a la escuela para comenzar nuevamente el ciclo. Ese es el circuito argentino del conocimiento: no una cadena de montaje, un torrente sanguíneo.
Allí también deberá ingresar la inteligencia artificial, y no como una moda, una amenaza o una mercancía que compraremos eternamente en el exterior. Marvin Minsky, uno de los padres fundadores de la disciplina, concebía la mente como una sociedad de pequeños agentes cuya inteligencia emerge de la cooperación; con las naciones ocurre algo parecido, y la IA será la nueva infraestructura de esa cooperación: quien controle los datos, los modelos y la capacidad de cómputo poseerá una parte sustancial del poder económico, cultural y político del siglo XXI. La soberanía del futuro será también cognitiva, y quien no fabrica sus preguntas termina comprando respuestas ajenas. La Argentina necesita formar a sus docentes para utilizar inteligencia artificial, desarrollar modelos aplicados a su industria, proteger sus datos estratégicos y crear empresas capaces de competir en nichos globales. La tecnología debe ampliar la inteligencia del maestro, no sustituir su humanidad; debe permitir que cada alumno aprenda mejor, y que aprenda junto a otros. Porque educar seguirá siendo, en el fondo, un encuentro entre personas: una mirada que descubre, una palabra que alienta, alguien que nos revela que podemos ser más de lo que creíamos.
Soñar juntos
Tal vez ese sea el gen educador, científico e innovador argentino: no una propiedad de la sangre ni una superioridad imaginaria, sino una tradición cultural, la decisión de transmitir conocimiento, atravesar sus fronteras y convertirlo en una forma de emancipación. Kant definió la Ilustración con dos palabras latinas que eran a la vez una orden y una caricia: sapere aude, atrevete a saber. La Argentina fue, en sus mejores horas, un país entero atreviéndose.
Sarmiento imaginó el sistema y Rosario le dio vida; Houssay creó una escuela científica y Leloir encontró lo invisible; Milstein llevó el talento argentino hasta la frontera del mundo y Favaloro convirtió un descubrimiento en institución y servicio; Salvatto transformó tecnología en voz y Noel se prepara para llevar una parte de la Argentina más allá de la Tierra. Ninguno representa por sí solo el proyecto, pero todos contienen una parte, porque quizás un país sea precisamente eso: inteligencias diferentes que, alguna vez, deciden soñar juntas.
La primera entrega preguntaba qué somos todavía capaces de construir; esta pregunta quiénes aprenderán a construirlo. La Argentina no carece de talento: lo tiene fragmentado. No carece de futuro: tiene el futuro esperando una arquitectura. ¿Podremos? Acaso. Tal vez. Quizás. Quién te dice. Alguna vez fundamos escuelas en territorios casi vacíos, creamos universidades, institutos científicos, premios Nobel y tecnologías capaces de transformar la vida humana, y todavía podemos hacerlo. Pero la historia no nos pregunta cuántos genios argentinos recordamos: nos pregunta cuántos estamos dispuestos a formar. Y la respuesta estaba escrita desde el principio, en el mismo idioma con que cerramos la primera entrega. El idioma de los verbos. Fundar fue la tierra. Formar será las estrellas.
Federico González. Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI. Argentina siempre.
Aquí termina “La tierra y las estrellas”. Pero las sagas de verdad no terminan: se heredan. [Leé la primera entrega: El gen hacedor argentino.]
Glosario vivo
Gen educador, científico e innovador argentino: tradición cultural que transforma curiosidad en conocimiento, conocimiento en creación y creación en capacidades nacionales.
Asombro bruto interno: capital invisible de curiosidad y capacidad de pregunta de una sociedad; no cotiza en ninguna bolsa, pero decide todas las cotizaciones a treinta años vista.
Traductores del desarrollo: oficio sin nombre en los organigramas: quienes hablan a la vez el idioma del balance y el del pizarrón, y conectan la escuela con la fábrica.
Soberanía cognitiva: capacidad de una nación para producir, gobernar y aplicar su propio conocimiento, sus datos y sus tecnologías estratégicas.
Escuela-usina: aula abierta conectada con la ciencia, la empresa y la comunidad, capaz de generar proyectos, inventos, patentes y emprendimientos.
Filantropía desarrollista: inversión social que no se limita a aliviar necesidades inmediatas, sino que construye capacidades educativas, científicas y productivas duraderas.
Circuito argentino del conocimiento: alianza continua entre escuela, universidad, sistema científico, empresas y sociedad para transformar talento en desarrollo y reinvertir el desarrollo en nuevo talento.













