El gen hacedor argentino
De las ciudades y los ferrocarriles al acero, la energía y las pymes: la tradición que convirtió ideas en país.
Primera entrega de “La tierra y las estrellas”, una saga en dos actos sobre los genes que hicieron a la Argentina — y sobre la decisión de volver a activarlos.
Verbos perdidos
Tal vez un país no sea, en el fondo, más que una manera colectiva de mirar lo que todavía no existe. Hay pueblos que ante el vacío sienten vértigo y pueblos que sienten una invitación, y hubo una Argentina que, frente a un descampado, imaginaba una ciudad; frente al petróleo, pensaba energía; frente a un río, proyectaba un puerto; frente a una dificultad, dibujaba una máquina. No era una Argentina más rica que la nuestra, ni más pacífica, ni necesariamente más justa. Pero poseía algo que fuimos extraviando en alguna curva del camino: la voluntad de conjugar los sustantivos, de convertir la ciudad en fundar, el acero en forjar, el trabajo en producir y el porvenir en construir.
A esa disposición la llamo el gen hacedor argentino. No es biología ni privilegio de cuna: es cultura, una manera de habitar el mundo que no se conforma con interpretarlo porque siente la necesidad casi física de transformarlo. Se le atribuye a George Bernard Shaw una distinción luminosa: hay quienes ven las cosas como son y se preguntan por qué, y hay quienes imaginan las cosas que nunca fueron y se preguntan por qué no. Acaso toda la historia del desarrollo argentino quepa en el espacio que separa esas dos preguntas. Y acaso toda nuestra decadencia quepa en el día en que dejamos de hacernos la segunda.
Adicionalmente, conviene despejar un equívoco antes de seguir. La nostalgia, sola, no alcanza: es apenas un mausoleo perfumado, una bruma dulce donde el pasado se visita como se visitan las tumbas, en silencio y sin proyecto. Miguel de Unamuno nos advertía que hay quienes viven del recuerdo como los avaros de su tesoro, contándolo cada noche sin gastarlo jamás. La memoria únicamente vale cuando esconde adentro un plano. Un país empieza a morir, quién te dice, el día exacto en que sus sustantivos dejan de conjugarse.
Y la historia argentina guarda, todavía tibias, algunas memorias que queman.
Fundar ciudades
Acaso sea pertinente recordar quién fue, de verdad, Dardo Rocha. Figura en los manuales como el fundador de La Plata, lo cual ya alcanzaría para justificar una vida entera: diseñar una ciudad antes de habitarla, imaginar sus diagonales, sus plazas, su puerto, sus instituciones. Sin embargo, La Plata fue apenas el punto más luminoso de una constelación mayor. En tres años de gobierno bonaerense, Rocha fundó o empujó decisivamente las fundaciones de Necochea, La Plata, Coronel Vidal, Pehuajó y Tres Arroyos; se propuso tender un kilómetro de vías por cada día de gestión; impulsó los ramales hacia Mar del Plata, Benito Juárez y Bahía Blanca; promovió el puerto de Ensenada y proyectó los de Mar Chiquita y Bahía Blanca, germen del futuro complejo de Ingeniero White. El refrán viejo lo hubiera adoptado como divisa: obras son amores, y no buenas razones.
No resulta desatinado suponer, sin embargo, que su verdadero talento anidaba en otra parte. Rocha no hacía cosas: tejía relaciones entre las cosas. La ciudad pedía vías, las vías pedían puertos, los puertos pedían producción, y la producción reclamaba trabajadores, comunicaciones y conocimiento. Por eso el mismo hombre que trazaba ramales impulsó la Escuela Agronómica de Santa Catalina, creó el Observatorio Astronómico de La Plata y terminó siendo el primer rector de la Universidad Provincial. Miraba la tierra y, en la misma madrugada, miraba las estrellas. Quizás porque intuía lo que después sabríamos: que las ciudades se fundan dos veces, primero en la imaginación de un hombre y recién después en la tierra.
Confieso una debilidad por los hombres que ven planos donde los demás ven baldíos. No hace falta canonizarlos: su tiempo tuvo violencias, exclusiones y zonas oscuras que la memoria honesta no debe maquillar, porque la historia no es un altar ni los próceres son estampitas. Pero juzgar las sombras de un hombre no debería impedirnos aprender de sus luces. Alberdi ya lo había condensado en las Bases con una fórmula célebre: gobernar es poblar. Rocha entendió que poblar no era apilar gente sobre un mapa, sino crear las condiciones materiales para que la vida en común tuviera dónde florecer.
En otro orden de cosas, permítanme una comparación incómoda. Hoy llamamos gestión a lograr que un trámite demore dos días menos, mientras Rocha fundaba ciudades. La comparación es injusta, pero acaso sea necesaria, porque la decadencia quizás no comience cuando caen los indicadores económicos sino bastante antes: cuando una sociedad va achicando la escala de sus sueños hasta volverlos compatibles con su impotencia. José Ortega y Gasset nos exhortaba con aquella frase tan repetida que terminó convertida en papel tapiz: “Argentinos, a las cosas”. Tal vez no nos estuviera pidiendo que dejáramos de pensar. Tal vez nos estuviera exigiendo pensar hasta que las cosas existieran.
Cambiar preguntas
Medio siglo después, Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio enfrentaron un vacío de otra naturaleza. El territorio ya estaba trazado, las ciudades existían y los trenes recorrían buena parte del país, pero la economía argentina seguía dependiendo de lo que no sabía producir: importábamos petróleo para mover nuestras máquinas, importábamos máquinas para transformar nuestras materias primas, exportábamos naturaleza y comprábamos inteligencia. Digámoslo sin eufemismos: vendíamos la vaca y después salíamos a mendigar la leche.
Frigerio padecía el vicio de los verdaderos pensadores: veía relaciones donde los demás veían compartimentos. Comprendió que el petróleo, el acero, la industria automotriz, la petroquímica, las rutas, el crédito y la educación no eran políticas distintas sino órganos de un mismo cuerpo nacional, y que un cuerpo con los órganos desconectados no es un organismo: es un cadáver prolijo. Frondizi, por su parte, cargó con la virtud y la condena de los estadistas, que es decidir antes de tener todas las certezas. Max Weber nos invita a pensar que la ética de la responsabilidad consiste precisamente en eso: hacerse cargo de las consecuencias previsibles de los propios actos, en lugar de refugiarse en la tibia pureza de las intenciones.
Desde una perspectiva antagónica, podrán discutirse sus contratos petroleros, el papel del capital extranjero, sus contradicciones y los costos sociales de algunas decisiones, y corresponde discutirlos. Pero hay una idea suya que atravesó indemne la prueba del tiempo: la soberanía no consiste en poseer recursos sino en desarrollar la capacidad de transformarlos. Un país no es soberano porque debajo de su suelo duerma el petróleo; es soberano cuando sabe extraerlo, transportarlo, refinarlo, ponerlo a mover su industria y convertirlo en conocimiento acumulado. El nacionalismo de las banderas conmueve el alma, pero el nacionalismo de las capacidades transforma la realidad. El refrán de barrio lo liquida sin anestesia: dime de qué presumes y te diré de qué careces.
Durante su gobierno creció la producción petrolera, se expandió la industria automotriz, se consolidó la siderurgia y empezaron a aflojarse algunos de los nudos estructurales que estrangulaban la economía. No pudo completar la obra: lo derrocaron. Pero consiguió algo más raro que gobernar, que fue cambiar la pregunta. La pregunta ya no era cuánto debía repartir la Argentina, sino qué debía ser capaz de producir. Esa pregunta sigue abierta como una ventana en invierno, porque nadie puede dar lo que no tiene, y un país tampoco: la distribución sin producción es una generosidad que se paga con la moneda del futuro. Las naciones, quién te dice, no se hunden por las respuestas que dan sino por las preguntas que dejan de hacerse.
En una línea similar, conviene ubicar al equilibrio fiscal en su justo lugar: es imprescindible, pero no es un destino. Es el piso desde el cual se camina, no el paisaje hacia el cual se viaja, y nadie emprende un viaje para quedarse a vivir en el punto de partida. El desarrollo empieza el día en que una sociedad decide qué capacidades quiere dominar, qué productos quiere venderle al mundo, qué tecnologías necesita crear y qué clase de trabajo va a ofrecerles a sus hijos.
Elegir patria
Por su parte, en aquellos mismos años empezó a crecer otra historia. Agostino Rocca llegó desde Italia con un puñado de ingenieros, conocimiento siderúrgico, algunos planos y una idea industrial; fundó Techint y eligió la Argentina para convertir esa idea en empresa. ¿Era argentino Agostino Rocca? Había nacido en Milán, pero quizás una nación también esté hecha de los hombres que la eligen para construir: se puede nacer argentino por azar y se puede llegar a serlo por las obras. Las naciones, como los hijos que sueñan, eligen a sus antepasados según el futuro que desean.
Alrededor de Techint brotaron gasoductos, tubos de acero, obras de ingeniería y, con el tiempo, un entramado industrial que encontró en Campana uno de sus territorios emblemáticos. La fábrica no terminaba en sus paredes: producía proveedores, técnicos, viviendas, escuelas, clubes, caminos y saberes. No era una planta industrial; era una manera de organizar una comunidad y, acaso, una manera silenciosa de conjurar la intemperie. Spinoza, a quien Borges leía como quien reza, sostenía que cada ser se esfuerza por perseverar en su ser; hay empresas que perseveran acumulando dinero y otras que perseveran acumulando destino. La diferencia no figura en ningún balance, pero define países.
Tres generaciones después, Paolo Rocca conduce una organización global que conserva raíces industriales fundamentales en la Argentina y demuestra que desde este país pueden generarse ingeniería, tecnología y capacidad empresarial de nivel mundial. Reconocerlo no implica repartir certificados de inocencia ni elogios de compromiso: los países serios no se vinculan con sus empresarios a fuerza de homenajes ni de escraches, sino mediante contratos históricos donde a mayor poder corresponde mayor responsabilidad. Permítanme una provocación de método: los aplausos no producen una sola tonelada de acero. La pregunta fértil no es si Techint merece ovaciones, sino otra bastante más incómoda: ¿puede su inteligencia industrial acumulada convertirse en palanca para multiplicar las capacidades de toda la Argentina? Puede, si desarrolla proveedores nacionales, articula universidades con fábricas, forma técnicos, genera patentes, exporta conocimiento y contribuye a que nazcan empresas a su alrededor. Porque un campeón nacional no es una empresa argentina que triunfa en el mundo: es una empresa que logra que otros argentinos también triunfen. No necesitamos una estrella solitaria en un cielo vacío; necesitamos una constelación.
Cables terrestres
En una línea similar puede leerse la historia de los Bulgheroni. Bridas nació en 1948 como una empresa de servicios para la industria petrolera y se convirtió, con Carlos y Alejandro Bulgheroni, en un actor energético capaz de explorar, producir, asociarse y negociar en varios continentes. Vieron un mapa donde otros veían pozos, y comprendieron que la energía no era una mercancía más sino una condición del poder: sin ella no hay fábricas, ni transporte, ni hospitales, ni computadoras, y hasta el mundo supuestamente etéreo de la inteligencia artificial necesita cantidades pantagruélicas de electricidad para sostener su nube. La nube también tiene cables, y los cables, tarde o temprano, tocan la tierra.
Ahora bien: la Argentina posee petróleo, gas, litio, sol, viento y capacidad nuclear, pero los recursos naturales no garantizan nada. El biólogo Jacques Monod nos enseñó que la vida es el encuentro del azar con la necesidad, y con las naciones ocurre algo parecido: el azar geológico reparte los recursos, pero solamente la necesidad convertida en proyecto los transforma en destino. Desde una perspectiva antagónica se dirá que exportar materias primas es, al fin y al cabo, nuestra ventaja comparativa. Puede ser. También el almacenero de mi barrio tiene sus ventajas comparativas, y sin embargo sueña con que su hijo sea ingeniero.
Si la energía argentina desarrolla ingeniería, proveedores, petroquímica, fertilizantes, industrias electrointensivas, investigación y tecnología, será una plataforma de soberanía; si se limita a salir por un caño, apenas habremos perfeccionado nuestra vieja destreza de exportar futuro en estado crudo. Conviene, además, desconfiar de las bonanzas que llegan sin esfuerzo, porque si la limosna es grande, hasta el santo desconfía. El desafío no es extraer más: es transformar mejor. Los recursos son el azar; el desarrollo, la respuesta.
Telas pensantes
En otro orden de cosas, y en una industria bastante menos asociada con la épica, Teddy Karagozian libra desde hace años una batalla parecida. La industria textil suele presentarse como una supervivencia del pasado, pero detrás de un rollo de tela hay algodón, genética vegetal, maquinaria, química, diseño, logística, energía, trabajadores y tecnología: una prenda también puede contener inteligencia. La historia de TN Platex empezó con la llegada de Agop Karagozian a la Argentina y siguió con hilanderías y plantas en distintas provincias, hasta que Teddy recibió esa empresa familiar y la convirtió, junto a las generaciones siguientes, en una de las principales organizaciones textiles del país.
Su valor no reside en tener razón en cada intervención, privilegio del que no goza nadie que piense en público, sino en animarse a discutir las condiciones concretas de la producción: los impuestos que castigan el trabajo, la sequía de crédito, la inestabilidad de las reglas, los costos logísticos y la dificultad de competir entrando a la cancha con una mochila de piedras. Proteger eternamente a una empresa no la vuelve competitiva, pero abandonarla frente a competidores subsidiados y asimetrías regulatorias tampoco la vuelve libre; la libertad económica sin condiciones de producción es, apenas, la libertad de fundirse en paz. Entre la incubadora perpetua y la intemperie hay un territorio que la Argentina casi nunca exploró: la exigencia con condiciones.
Adicionalmente, digamos lo obvio que nadie dice: la competitividad no se declama, se construye. Requiere tecnología, productividad, infraestructura, crédito, escala y mercados, y exige a su vez que las empresas comprometan inversión, calidad, capacitación y exportación. Un desarrollismo adulto no firma cheques en blanco: propone alianzas con obligaciones recíprocas donde el empresario arriesga, el Estado cumple y ambos rinden cuentas. El que quiera pescado, que se moje. Y acá tienen que mojarse todos.
Persianas levantadas
Pero la Argentina productiva no está hecha solamente de grandes apellidos. Entre el acero y la energía respira un tejido silencioso de talleres, fábricas familiares, proveedores y pymes que funcionan como los capilares del organismo productivo: no aparecen en las fotos grandes, pero sin ellos el cuerpo dejaría de respirar. Maximiliano Pisetta Báez, vicepresidente del Movimiento Nacional Pyme, viene insistiendo en una verdad elemental: la expansión del empleo argentino deberá surgir principalmente de ese universo, porque una gran inversión genera divisas y escala, pero miles de pymes desparramadas por el territorio convierten el desarrollo en trabajo cotidiano, en salario, en mesa servida.
Por su parte, Miguel Jacobawsky encontró una manera distinta de narrar ese mundo. Desde su fábrica de envases en Munro creó @elpyme y transformó en humor la tragicomedia de producir en la Argentina: cheques rechazados, ventas que se desploman, intimaciones fiscales y créditos que llegan cuando ya terminó el velorio. Había que reírse o reventar. Freud nos invita a pensar que el humor es la rebelión más elegante del espíritu frente a la adversidad, y Jacobawsky convirtió esa rebelión en un género empresarial: nos reímos porque reconocemos el absurdo, pero cuando termina el video alguien todavía tiene que pagar los sueldos, comprar insumos y volver a levantar la persiana. Discépolo ya había puesto en música, hace casi un siglo, el desencanto de un país donde el esfuerzo y la viveza cotizan a la misma moneda; nos falta todavía el tango del que produce. El humor exorciza la angustia; no reemplaza una política productiva.
Mariano Obarrio, por su parte, llegó al mismo territorio desde otro oficio. Décadas de periodismo político en la primera línea de la crónica argentina le dejaron algo que no se enseña en ninguna facultad: un oído afinado para escuchar lo que murmura el mostrador mientras los despachos declaman. Desde Abramos las Persianas comprendió antes que muchos que las preocupaciones dispersas de la clase media, los comerciantes, los trabajadores y las pymes debían abandonar el lamento solitario y volverse propuesta; que un país no se arregla contando sus penas sino organizándolas. La imagen de la persiana tiene una fuerza casi litúrgica. Cada madrugada, miles de argentinos ejecutan ese pequeño acto de fe: levantan una chapa sin saber si entrará un cliente, si alcanzará para los costos o si alguna regulación nueva convertirá el esfuerzo en deuda. Dicen que al que madruga Dios lo ayuda; en la Argentina hay millones que madrugan desde hace décadas y todavía esperan que alguien, alguna vez, les abra la puerta del cielo. Una persiana que se levanta es un modesto amanecer; miles de persianas levantándose a la vez son una economía, y acaso también una forma terca de la esperanza.
Sin embargo, no alcanza con celebrar esa tenacidad. El país necesita a sus grandes empresas, pero también necesita que debajo de ellas crezca un bosque de medianas y pequeñas compañías, porque una gran industria sin proveedores nacionales termina convertida en enclave y una pyme aislada de las cadenas de valor queda condenada al cuentapropismo de supervivencia. El desarrollo no elige entre lo grande y lo pequeño: los conecta. Un árbol solo es un árbol; un bosque es un clima.
Arquitectura faltante
Paolo Rocca, los Bulgheroni, Teddy Karagozian, Pisetta Báez, Jacobawsky, Mariano Obarrio y muchos argentinos anónimos no constituyen todavía un proyecto común: tienen experiencias, capacidades y visiones diferentes, e intereses que pueden chocar. Precisamente para eso existe la política, no la entendida como reparto de cargos sino como inteligencia capaz de alinear fuerzas distintas detrás de una misión compartida. El Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI propone esa misión: transformar las capacidades dispersas de la Argentina en un sistema nacional de producción, educación, ciencia, tecnología y trabajo.
No necesitamos empresarios subordinados al gobierno ni gobiernos subordinados a los empresarios: necesitamos una alianza productiva exigente, con objetivos públicos, reglas estables y resultados medibles. Un Estado inteligente que planifique infraestructura, garantice estabilidad, oriente el crédito, premie la inversión productiva y use sus compras para promover innovación argentina; grandes empresas que desarrollen proveedores, reinviertan, exporten y formen talento; pymes con acceso a financiamiento y tecnología; universidades conectadas con la producción; trabajadores capacitados para participar del aumento de la productividad y de sus frutos. No se trata de elegir entre Estado y mercado: se trata de construir el Estado y el mercado que el desarrollo necesita. Tenemos las piezas; nos falta la arquitectura. Borges anotó, con esa precisión suya que parece de relojero metafísico, que el porvenir es inevitable y preciso, pero puede no acontecer. Ningún futuro está garantizado: hay que salir a buscarlo con los planos bajo el brazo.
Escuela primero
Sin embargo, incluso este razonamiento sigue incompleto, porque ninguna máquina se diseña sola, ningún horno aprende a encenderse y ninguna empresa puede importar eternamente el futuro que no ayudó a formar. Una fábrica empieza mucho antes de la fábrica: empieza en una escuela, en un aula con olor a tiza, en la mirada azorada de un chico que descubre que el mundo se puede desarmar y volver a armar mejor. Ernesto Sábato escribió con lucidez que el hombre corre el riesgo de perderse en los engranajes que él mismo creó; la educación es, quizás, la única garantía de que los engranajes sigan teniendo dueño.
En esa frontera donde la producción se encuentra con el aula trabajan hoy, cada uno desde su trinchera y casi siempre lejos de los reflectores, personas como Erika Bienek tendiendo puentes entre empresas y escuelas técnicas, Mateo Salvatto demostrando que un pibe argentino puede crear tecnología que el mundo adopte, o Noel de Castro empujando la educación hacia el territorio donde se la necesita. No son excepciones milagrosas ni merecen bronces prematuros: son síntomas. Síntomas de que la principal materia prima de una nación no duerme debajo de la tierra; se sienta cada mañana frente a un maestro.
Aquí termina este primer recorrido, en la puerta de una escuela, porque el gen hacedor puede fundar ciudades, tender ferrocarriles, producir acero, extraer energía y levantar fábricas, pero necesita otro gen que le regale inteligencia, creatividad y continuidad: el gen educador, científico e innovador. Allí encontraremos a Sarmiento y Peñaloza; a Houssay, Leloir y Milstein; a Favaloro; a la Escuela Técnica Roberto Rocca y a la nueva generación que ya está escribiendo su capítulo. Otra genealogía: la de quienes convirtieron conocimiento en movilidad social y ciencia en patria.
Alguna vez fuimos un país que fundaba. Quizás ese gen no haya muerto: tal vez esté disperso, dormido bajo décadas de frustración, como una ciudad antigua que espera, paciente, la pala que la desentierre. La Argentina no carece de antepasados; le faltan herederos. Dardo Rocha fundó ciudades, Frondizi y Frigerio imaginaron un sistema productivo, Agostino Rocca levantó una industria, y la historia no nos pide que los admiremos: nos toma examen. Quién te dice que la respuesta no esté escrita, desde siempre, en el único idioma que hablamos bien cuando fuimos grandes. El idioma de los verbos. Fundar.
Federico González. Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI. Argentina siempre.
Continúa en la segunda entrega de “La tierra y las estrellas”: El gen educador, científico e innovador argentino. De Sarmiento a la inteligencia artificial: el conocimiento convertido en soberanía.
Glosario vivo
Gen hacedor argentino: disposición cultural que transforma imaginación, conocimiento y decisión en obras, empresas e instituciones.
Nacionalismo de las capacidades: soberanía basada no sólo en poseer recursos, sino en saber transformarlos mediante tecnología, industria y conocimiento.
Campeón nacional multiplicador: gran empresa cuya expansión fortalece proveedores, técnicos, universidades y nuevas compañías nacionales.
Memoria prospectiva nacional: utilización del pasado como reserva de experiencias para diseñar el futuro, no como refugio nostálgico.
La fábrica antes de la fábrica: ecosistema educativo, científico y comunitario donde se forman las capacidades humanas que hacen posible la producción.
Exigencia con condiciones: territorio intermedio entre la protección perpetua y el abandono a la intemperie; alianza donde el empresario arriesga, el Estado cumple y ambos rinden cuentas.
Los datos históricos fueron contrastados con la biografía parlamentaria de Dardo Rocha, la historia de la Universidad Nacional de La Plata, la reseña presidencial de Arturo Frondizi, la documentación institucional de los Programas Educativos Roberto Rocca, la historia de TN Platex y el perfil de Miguel Jacobawsky.



