El liberalismo que Necesita al Estado para Destruir al Estado
Por qué el experimento Milei no es libertad de mercado sino su caricatura. Y por qué un austriaco olvidado lo anticipó hace ochenta años Por Federico González — Desarrollismo Inteligente del Siglo XX
Hay una ironía que la historia argentina todavía no ha terminado de procesar. Y las ironías, cuando son verdaderas, no tienen prisa: esperan.
Mientras Javier Milei invoca con fervor casi litúrgico a la Escuela Austriaca — Ludwig Von Mises, Friedrich Hayek, Eugen von Böhm-Bawerk — como si fuera la única tradición intelectual que merece el nombre de “ciencia”, existe otro austriaco que lo describe con una precisión que ninguno de sus adorados maestros alcanzó. Un austriaco que Milei jamás cita. Que probablemente nunca leyó. Y que, acaso por eso mismo, lo entiende mejor que él mismo.
Su nombre es Karl Polanyi. Nació en Viena en 1886. Y escribió, en 1944, el libro que anticipa con una lucidez casi insoportable lo que hoy ocurre en la Argentina. El libro se llama La gran transformación. Su tesis puede resumirse en una sola pregunta que ningún liberal ha respondido satisfactoriamente: si el mercado libre es tan natural, ¿por qué necesitó tanto Estado para existir?
Sófocles, aquel dramaturgo ateniense que entendió la condición humana mejor que cualquier psicólogo moderno, nos enseñaba que la tragedia no avisa. Simplemente ocurre, con la puntualidad de lo inevitable. La Argentina de 2026 está dentro de una tragedia polanyiana, y la mayoría de sus protagonistas aún no lo saben.
El austriaco incómodo
Polanyi demostró que el mercado “libre” nunca existió como fenómeno espontáneo. Fue construido políticamente, con intervención estatal masiva, en el siglo XIX. Para que funcionara, los Estados destruyeron deliberadamente las formas de solidaridad comunitaria que protegían a las personas de la volatilidad económica: las tierras comunales que garantizaban subsistencia por fuera del precio; la asistencia parroquial que sostenía a los vulnerables antes de que existiera ningún seguro social; los gremios de oficio medievales, sistemáticamente disueltos para crear un mercado de trabajo “libre” — es decir, desprotegido; los vínculos de reciprocidad comunitaria que hacían posible la vida sin monetizar cada intercambio.
Digámoslo sin eufemismos: el liberalismo económico no nació contra el Estado. Nació con el Estado. Usando al Estado. Necesitándolo para demoler todo lo que no era mercado.
Polanyi lo llamó con una expresión que debería tatuarse en algún lugar visible: liberalismo estatista. La paradoja no es accidental. Es la esencia del proyecto. Y quien escribe estas líneas propone ir un paso más allá: lo que la Argentina de Milei está viviendo no es simplemente liberalismo estatista. Es su etapa terminal.
Michel de Montaigne, ese espíritu libre del Renacimiento francés que inventó el ensayo moderno antes de que nadie supiera que existía, observaba que “cada hombre lleva en sí la forma completa de la condición humana.” Polanyi añadiría: y cada ciclo político lleva en sí la lógica completa de su propia destrucción.
La estratagema
El zen tiene un koan que dice: ¿Cuál es el sonido de una mano aplaudiendo? El equivalente político argentino sería: ¿Cómo destruye el Estado quien necesita el Estado para destruirlo?
La respuesta es: en cinco movimientos.
El momento agonal. Antes de capturar el Estado, hay que ganarlo. Y para ganarlo, hay que usar la democracia como trampolín. El anarcocapitalismo llegó al poder con el 55,7% de los votos en noviembre de 2023. Abraham Lincoln, ese hijo de la frontera americana que llegó a la presidencia desde la pobreza y la convicción, lo hubiera entendido de inmediato: el pueblo puede ser convocado a votar contra sus propios intereses si la narrativa es lo suficientemente potente. La motosierra era el símbolo. El voto, el instrumento. La democracia, el vehículo para llegar al poder que después se promete destruir.
La captura. Una vez adentro, viene el acto central: nombrar. Nombrar es gobernar — y en esto Nicolás Maquiavelo, ese florentino incómodo que tuvo la audacia de describir el poder tal como es y no tal como debería ser, sigue siendo insuperable: el príncipe que no pone a los suyos en los lugares clave no tiene principado, tiene cargo. Sturzenegger — asesor en las sombras durante seis meses, luego premiado con un ministerio creado a su medida — planificó y redactó el DNU 70/2023 durante “un año y medio de trabajo”, según sus propias palabras, en estrecha consulta con los principales grupos económicos del país. La Ley de Bases, como señaló el diputado Cafiero en el Congreso, fue “redactada y entregada llave en mano al gobierno de Milei por los grandes estudios de abogados a pedido de las principales empresas del país.” No es corrupción en el sentido vulgar del término. Es algo más sofisticado: es la arquitectura legal del poder corporativo disfrazada de reforma libertaria.
La motosierra, bien mirada, no es aleatoria. Corta el presupuesto de las universidades pero no toca los contratos de los acreedores. Elimina el CONICET pero preserva el aparato jurídico que protege patentes globales. Recorta jubilaciones pero garantiza tarifas energéticas que transfieren ingresos de los hogares a las corporaciones. En el barrio lo diríamos sin eufemismos: si la limosna es grande, hasta el santo desconfía.
El gabinete del acreedor. Acaso el dato más revelador de la naturaleza real del experimento sea este: el Wall Street Journal bautizó al equipo económico de Milei como “los chicos de JP Morgan”. No es una metáfora. Es una descripción de curriculum. Luis Caputo fue jefe de trading para América Latina en JP Morgan entre 1994 y 1998. Santiago Bausili, once años como vicepresidente de mercados de capitales en el mismo banco. José Luis Daza, director gerente de mercados emergentes en JP Morgan de 1992 a 2000. Vladimir Werning, veinte años en JP Morgan. Pablo Quirno, canciller, director para Latinoamérica en JP Morgan desde Nueva York. Siete funcionarios clave, un solo empleador anterior: el mayor banco de inversión del mundo.
John Fitzgerald Kennedy, ese presidente joven que supo encarnar la esperanza de una época antes de que la época lo destruyera, formuló con precisión quirúrgica la pregunta correcta: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país.” Alguien debería aplicarle esa pregunta al equipo económico de Milei: ¿qué puede hacer JP Morgan por la Argentina — y qué hará la Argentina por JP Morgan?
Cuando en octubre de 2025, dos días antes de las elecciones, Jamie Dimon llegó a Buenos Aires para una cena con el presidente en el Museo de Arte Decorativo, Milei celebró con estas palabras: “Miren lo contento que estoy con el equipo económico que tuve que cambiar al canciller y puse a alguien del propio equipo de Toto.” El círculo se cerraba. El gobierno más “anti-casta” de la historia argentina brindaba con la casta global.
No estamos ante un Estado que se achica. Estamos ante un Estado que cambia de dueño.
El mercado que se concentra
La paradoja que Polanyi hubiera disfrutado con la sonrisa fría del que ya lo sabía es esta: para “liberar” el mercado hay que destruir la competencia.
Edward de Bono, ese maltés genial que dedicó su vida a enseñar que la mente humana tiene más de un camino para llegar a la verdad, nos invitaba a distinguir el pensamiento lineal del pensamiento lateral. Pensamiento lineal: desregulación = más competencia. Pensamiento lateral: cuando se eliminan las protecciones en mercados ya concentrados, sobreviven los que ya tenían escala suficiente para absorber el golpe. Los demás cierran. El DNU 70/2023 derogó, entre otras: la ley de alquileres, la ley de abastecimiento, la ley de góndolas, la ley de compre nacional, la ley de promoción industrial. No por casualidad, todas ellas limitaban el poder de los sectores concentrados.
El mercado no se libera: se concentra. Y la concentración, como sabía Polanyi, no es una distorsión del mercado libre. Es su destino natural cuando se lo deja librado a sí mismo. William Shakespeare, ese genio isabelino que conocía la naturaleza humana con una profundidad que aún no hemos terminado de descifrar, lo puso en boca de Shylock en El mercader de Venecia: los que tienen el poder fijan las reglas. Cuatro siglos después, nada ha cambiado.
Esto es lo que las mercancías ficticias revelan con crudeza: la tierra, el trabajo y el dinero no se comportan como el trigo o el acero. Cuando se los trata como commodities, no se optimizan. Se destruyen. Y cuando se destruyen, arrastran el tejido que hacía posible cualquier forma de vida en común.
El anti-Estado anarcocapitalista no es, entonces, la antítesis del Estado corporativo. Es su sistema operativo. Se destruye el mercado naturalmente autorregulado — hecho de miles de actores medianos, pymes, comercios, profesionales — para entregarle el campo libre a los oligopolios que no necesitan al Estado protector porque ellos son el Estado.
La etapa terminal
Yuval Noah Harari, ese historiador israelí que logró el improbable milagro de hacer que millones de personas leyeran sobre el origen de la humanidad como si fuera una novela, nos recuerda en Sapiens que los grandes órdenes humanos se sostienen sobre ficciones intersubjetivas: todos creen porque todos creen. El neoliberalismo es una de esas ficciones. Pero las ficciones, cuando chocan con la realidad, no se disuelven inmediatamente: se radicalizan. Y la radicalización tiene una gramática predecible.
El concepto más denso del ciclo — y el más urgente para entender lo que viene — es el de etapa terminal del liberalismo estatista. Tiene una lógica de tres tiempos: primero, se usa la democracia para llegar al poder prometiendo destruir el poder; segundo, se usa el Estado para demoler el Estado social — educación, salud, ciencia, mercado interno — mientras se preserva y perfecciona el Estado de los acreedores; tercero, se intenta volver al Estado innecesario para los poderosos, sustituyendo la política por la administración corporativa, la ciudadanía por el consumo, los derechos por los servicios.
Nelson Mandela, ese hombre que pasó 27 años en prisión y salió sin odio pero con una certeza que ningún carcelero pudo quitarle, nos dejó esta sentencia: “Siempre parece imposible hasta que se hace.” Lo que Polanyi enseña es que el doble movimiento — la respuesta social a la devastación del mercado — también parece imposible hasta que se hace. Y siempre se hace. No como acto de voluntad política: como ley histórica.
No es accidente de gestión. No es impericia técnica. Es la lógica interna de un experimento que ya fue realizado, en otras latitudes, en otros tiempos, y que siempre terminó de la misma manera: con una sociedad exigiendo protección — y con quienes habían sabido articular una propuesta constructiva esperando en el lugar indicado.
Lo que el Desarrollismo Inteligente entiende
Bertrand Russell, aquel exquisito pensador inglés que convirtió la lógica en poesía y la ética en urgencia, nos invitaba a reflexionar: “el problema de la humanidad es que los estúpidos están llenos de certeza y los inteligentes, de dudas.” Frondizi tenía certezas. Pero eran certezas construidas sobre estrategia, alianzas y proyecto. No el mesianismo de quien cree haber encontrado la verdad final. La convicción de quien sabe que el desarrollo se construye: con Estado inteligente, con tiempo, con método.
Quien escribe estas líneas no descubrió a Polanyi por azar. Lo buscó, porque el Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI necesitaba una base teórica que explicara lo que el desarrollismo clásico intuía, pero no siempre articulaba: que el mercado no es el enemigo del desarrollo, sino que el problema es el mercado des-incrustado de las instituciones sociales que lo hacen posible. Corea del Sur no se desarrolló con Hayek. Alemania no construyó su industria con Von Mises. Japón no transformó su estructura productiva con la Escuela Austriaca. Lo hicieron con Estados inteligentes que incrustaron el mercado en un proyecto nacional, que protegieron sectores estratégicos, que invirtieron en conocimiento porque entendían que el futuro no llega solo: se construye.
La ironía máxima — y aquí Polanyi se permite una sonrisa desde donde esté — es que los países que más exitosamente usaron el mercado como instrumento de desarrollo son los que menos lo dejaron librado a sí mismo.
Coda: el austriaco que falta
La próxima vez que Milei invoque a la Escuela Austriaca como si fuera la cima del pensamiento económico, alguien debería recordarle que Austria también produjo a Karl Polanyi. Que Viena no solo dio a Hayek: dio también al pensador que demostró con rigor histórico que el proyecto de Hayek conduce, indefectiblemente, a la destrucción del tejido social que hace posible cualquier forma de vida en común.
Y que ese proceso tiene una gramática identificable — captura estatal, oligopolización por decreto, anti-Estado corporativo, etapa terminal — que Polanyi describió hace ochenta años y que la Argentina está recorriendo con la perturbadora puntualidad de los que no leyeron la historia.
Hay dos austriacos en el debate. Uno lleva corbata y sale en los manuales. El otro lleva la razón.
Acaso sea hora de leerlo.
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Glosario
Liberalismo de captura estatal.
No es antiestatismo: es asalto al Estado. El liberalismo radical no llega al poder para “retirarse”, sino para ocupar las palancas públicas y usarlas en favor de los sectores concentrados. Lo que se presenta como libertad de mercado es, en realidad, una operación política: tomar el Estado para inclinar el mercado.
Mercado falseado.
Es el mercado que conserva el nombre de “libre” pero pierde su sustancia competitiva. Se eliminan regulaciones, protecciones, pymes, mediaciones sociales y capacidades públicas; el resultado no es más competencia, sino menos jugadores. En términos de desarrollismo inteligente: no liberan el mercado, le cambian el dueño.
Desincrustación oligopólica.
Polanyi mostró que el mercado se vuelve destructivo cuando se despega de la sociedad. Milei agrega una torsión argentina: no solo desincrusta el mercado de la comunidad, sino que lo incrusta en los intereses de pocos. Sale de la sociedad para entrar en el oligopolio.
Motosierra de concentración.
La motosierra no corta “gasto” en abstracto: corta defensas sociales, capacidades estatales y tejido productivo. Donde dice eficiencia, muchas veces hay transferencia de poder. Donde dice libertad, aparece concentración. Donde dice mercado, empieza a verse cartel.
Fase terminal del liberalismo estatista.
Primero toma el Estado. Después lo usa para destruir el Estado social. Finalmente sueña con volver innecesaria toda mediación pública, dejando a la sociedad organizada como un gran oligopolio capitalista. Polanyi lo había advertido: cuando el mercado pretende devorar a la sociedad, no produce libertad; produce intemperie, reacción y crisis.
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Federico González es analista político, docente universitario y fundador del Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI.
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