Emprendedores Por Vocación Y Cuentapropistas Por Desesperación
Dos modelos de país: el círculo virtuoso del desarrollismo inteligente frente al círculo vicioso que convierte la libertad en salvavidas de plomo. Federico González
Hay un tipo de conversación que se repite, con variaciones mínimas, en miles de hogares argentinos. Alguien perdió el trabajo. O la empresa donde estaba se achicó. O el sueldo dejó de alcanzar. Entonces esa persona empieza a “arréglárselas”: vende algo por las redes, hace servicios de limpieza, cuida jardines, da clases particulares, reparte pedidos los fines de semana. Y cuando alguien de la familia le pregunta cómo está, responde, con una mezcla difícil de descifrar entre orgullo y resignación: “Bien, estoy emprendiendo.” Acaso él mismo lo crea. Acaso necesite creerlo. Porque la otra versión —“quedé en el aire y no me queda otra”— pesa demasiado para decirla en voz alta.
Digámoslo con claridad: no todo trabajador por cuenta propia es un emprendedor en sentido fuerte. Y no toda persona que “se la rebusca” está viviendo una épica de autonomía. A veces está, simplemente, tratando de no hundirse. El problema no es el cuentapropista. Al contrario. El problema es el modelo que lo empuja al borde del río, le quita el puente, le fabrica una caña de cartón y después lo felicita, con sonrisa de funcionario, por haberse vuelto “libre”.
La Trampa Semántica
Hay palabras que nacen luminosas y terminan secuestradas por la propaganda. “Libertad” es una de ellas. “Emprendedorismo” también. En la Argentina actual, ambas corren el riesgo de transformarse en etiquetas nobles pegadas sobre realidades bastante menos nobles: precariedad, soledad económica, desprotección social, supervivencia individual.
Quizás resulte pertinente recordar que el lenguaje nunca es inocente. Como lo señalaba el filósofo Ludwig Wittgenstein, los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Cuando llamamos “emprendedor” a quien en rigor es un trabajador expulsado del sistema formal, no estamos describiendo la realidad: la estamos administrando. Y esa administración lingüística tiene consecuencias políticas muy concretas, porque invisibiliza una falla sistémica bajo el ropaje de una épica individual.
El emprendedor por vocación y el cuentapropista por desesperación pueden parecerse en la superficie. Ambos trabajan por su cuenta. Ambos dependen de su iniciativa. Ambos venden algo, ofrecen algo, producen algo. Pero debajo de esa superficie hay dos mundos distintos, con lógicas distintas, riesgos distintos y horizontes radicalmente distintos.
El emprendedor por vocación elige. Detecta una oportunidad, imagina una solución, organiza recursos, se capacita, toma riesgos calculados, agrega valor, eventualmente genera empleo. Tiene una idea y una dirección. El cuentapropista por desesperación resiste. Multiplica changas, improvisa ingresos, estira jornadas, negocia con el algoritmo que nunca da la cara. No porque haya descubierto de pronto su Steve Jobs interior, sino porque el empleo formal se achicó, el salario no llegó o la PyME donde trabajaba cerró sus puertas con una carta de agradecimiento y un mes de indemnización.
En el barrio lo diríamos sin eufemismos: una cosa es abrir un negocio porque viste una oportunidad; otra cosa es vender medialunas en el tren porque no te queda otra. Confundir las dos cosas no es un error intelectual. Es una operación política.
El Sistema Nervioso Roto
No resulta desatinado suponer que el origen de esta confusión está en un modelo económico que trata al mercado como si fuera una fuerza moral, cuando en realidad es una fuerza ambivalente. El mercado premia la eficiencia, organiza incentivos, asigna recursos. Pero no piensa la nación. No diseña el futuro. No cuida a quienes quedaron fuera de su lógica.
Peter Drucker, uno de los más lúcidos cartógrafos del pensamiento organizacional del siglo XX, nos invita a pensar que la empresa no existe solamente para ganar dinero, sino para crear un cliente, producir valor y organizar capacidades con inteligencia. Esa definición importa más de lo que parece. Porque implica que el emprendimiento genuino no es solo voluntad individual: es una forma de organización deliberada de recursos, necesidades y oportunidades. Sin sistema que lo sostenga, la voluntad se dispersa. Sin proyecto colectivo que lo enmarque, la energía creativa se fragmenta en mil changas sin acumulación.
La economía, en su funcionamiento más profundo, se parece a un sistema nervioso: cuando los nodos se desconectan, las señales no llegan, los músculos no responden y el organismo empieza a moverse en espasmos. La Argentina lleva décadas de espasmos. Cierran PyMEs. Se achica el mercado interno. Cae el empleo formal. El salario pierde espesor mes a mes. Y entonces aparece la salida individual: la plataforma, la aplicación, el reparto, el servicio digitalizado, la changa con interfaz amable.
En lo inmediato, eso puede ser un alivio. Nadie sensato debería burlarse del ingreso que permite pagar el alquiler o poner comida en la mesa. Pero el alivio no debe confundirse con proyecto. Porque ese salvavidas, muchas veces, está hecho de plomo. Permite flotar, pero no avanzar. Da ingreso, pero no acumulación. Da movimiento, pero no progreso.
Desde una perspectiva filosófica, Friedrich Nietzsche celebraba la voluntad creadora, la potencia de quien se atreve a ir más allá de lo establecido. Pero Nietzsche no hubiera llamado “superhombre” al delivery que pedalea doce horas sin obra social, con el celular como único patrón y el algoritmo como único juez. La voluntad de poder que imaginaba el filósofo alemán era la de quien crea valores nuevos, no la de quien sobrevive en la brecha que dejó un sistema que se rompió.
El Genio Y El Sistema
A modo de provocación operativa, propongo el siguiente experimento mental.
Nikolás Tesla fue acaso el inventor más audaz de su época. Imaginó antes que nadie la transmisión inalámbrica de energía, la corriente alterna, el futuro eléctrico del mundo. Tenía una mente de una potencia casi insoportable. Y murió solo, en un hotel de Nueva York, sin un peso, olvidado por el sistema que supo explotarlo y luego descartarlo. No por falta de genio. A pesar del genio.
Thomas Edison, por su parte, construyó Menlo Park: el primer laboratorio industrial de investigación de la historia. No porque fuera necesariamente más brillante que Tesla —la historia de la ciencia es generosa en matices sobre ese debate— sino porque entendió algo que trasciende la inteligencia individual: que el genio sin andamiaje institucional tiende a la tragedia, y el genio con sistema tiende a la civilización. No es un elogio moral a Edison. Es una observación sobre la naturaleza del ecosistema productivo.
Quien escribe estas líneas sostiene que la Argentina está llena de Teslas. Inteligencias formidables, creatividades desbordantes, vocaciones productivas genuinas que se pierden, se frustran o emigran, porque el sistema no sabe contenerlas, potenciarlas ni conectarlas con el mundo. No resulta desatinado suponer que cada científico del CONICET que se va a trabajar a Europa, cada ingeniero que monta su startup en Austin en lugar de hacerlo en Córdoba, cada PyME que cierra porque el crédito no existe o el tipo de cambio la aplasta, es un Tesla local que el modelo expulsa en lugar de capitalizar.
Por su parte, Steve Jobs nos enseñaría algo complementario y no menos crucial: el emprendimiento de alto impacto no es obra de un genio solitario. Es siempre una arquitectura colectiva con dirección visionaria. Jobs no fabricaba transistores ni escribía código: integraba talentos, diseñaba experiencias, entendía que la forma importa tanto como la función. Su genialidad consistió en comprender que la tecnología debe fundirse con la experiencia humana hasta volverse invisible. Eso requiere cultura organizacional, no solo capital.
Y Elon Musk, más allá de sus excesos y sus contradicciones que le generan adhesiones y rechazos a partes iguales, encarna una enseñanza que incomoda por igual a libertarios que lo veneran y a progresistas que lo detestan: el futuro no es un accidente que ocurre. Es una construcción deliberada. Musk no esperó que el mercado produjera autos eléctricos viables, cohetes reutilizables o internet satelital global. Decidió fabricarlos, con escala, con ambición, con una tolerancia al fracaso que ningún sistema de subsidios puede reemplazar pero que ningún mercado desordenado puede sostener solo.
La Filosofía Del Abandono
En otro orden de cosas, acaso convenga detenerse en la base filosófica que subyace al modelo que produce cuentapropistas por desesperación, porque esa base no es inocente: tiene autores, tiene historia y tiene consecuencias.
Ralph Waldo Emerson defendía la confianza en uno mismo como el fundamento de toda grandeza humana. Hermosa intuición. Pero Emerson hablaba de la soberanía interior del individuo que se conoce, que confía en sus juicios, que no imita servilmente. No hablaba del trabajador arrojado a la intemperie económica al que se le exige que interprete su abandono como una experiencia espiritual de libertad.
William James, el gran pragmatista americano, nos daría la vara más severa y más justa: una idea vale por lo que produce en la realidad. Las consecuencias son el tribunal de las filosofías. Y la consecuencia práctica de un modelo que destruye empleo formal y multiplica cuentapropismo precario no es una nación de emprendedores vigorosos: es una sociedad cansada, fragmentada, endeudada y psicológicamente exhausta. Una sociedad que consume sus propias reservas de energía vital en la tarea de sobrevivir, en lugar de invertirlas en la tarea de crear.
El liberalismo bien entendido tiene intuiciones verdaderas: las sociedades necesitan iniciativa, responsabilidad personal, libertad económica, creatividad productiva. Sin eso, el Estado se vuelve una madre agotada repartiendo sopa fría en una casa sin futuro. Pero el ultraliberalismo argentino comete un salto mortal: confunde libertad con abandono. Y el abandono, por más que se lo llame libertad, sigue siendo abandono.
El refrán popular lo sabe desde hace siglos, con esa sabiduría sin título universitario que suele avergonzar a los economistas: no se le pueden pedir peras al olmo. Y tampoco se le puede pedir Silicon Valley a una economía que rompe sus escuelas técnicas, desfinancia su ciencia, castiga a sus PyMEs con impuestos diseñados para asfixiar y empuja a su gente a competir sola, sin red, sin crédito, sin sistema.
La Creatividad Como Método
Acaso sea pertinente, en este punto del argumento, introducir una distinción que el debate argentino raramente hace: la diferencia entre creatividad como talento individual y creatividad como método colectivo.
Edward de Bono, el pensador maltes que convirtió la creatividad en disciplina enseñable, sostenía que pensar de otro modo no es un don reservado a unos pocos iluminados. Es una competencia que puede desarrollarse sistemáticamente, entrenarse en equipos, institucionalizarse en organizaciones. El pensamiento lateral que De Bono describió no es magia: es técnica. Y las técnicas se aprenden, se enseñan y se escalan.
Lee Iacocca, el ejecutivo que rescato a Chrysler de la quiebra cuando todos la daban por muerta, encarna en el mundo de los negocios exactamente esa misma lección: no hay liderazgo productivo sin ejecución, sin fábrica física, sin equipos que sepan hacer cosas concretas, sin el coraje práctico de quien decide construir en lugar de administrar su propio declive. Iacocca no era un visionario en el sentido romántico del término. Era un hacedor. Y los países, como las empresas en crisis, necesitan hacedores más que profetas.
La Argentina tiene talento creativo en abundancia. Tiene picardía, tiene resiliencia, tiene formación, tiene intuición comercial. Lo que no tiene, o tiene débilmente, es la estructura que convierte ese talento disperso en riqueza productiva sistemática. En criollo: tenemos chispas. Nos falta la usina.
Dos Orígenes De La Innovación
Antes de definir qué es un ecosistema emprendedor, conviene hacer una distinción que el economista y teórico del marketing Jean-Jacques Lambin introdujo en su clásico “Marketing Estratégico” y que tiene, trasladada al debate argentino, una potencia explicativa considerable.
Lambin distingue entre dos fuentes radicalmente distintas de innovación. La primera es la innovación impulsada por la demanda: el mercado detecta una necesidad insatisfecha, los oferentes compiten por satisfacerla mejor, y de esa competencia emergen productos, servicios y procesos mejorados. Es el territorio clásico del mercado en su versión más virtuosa: la demanda habla, la oferta escucha, y el sistema se perfecciona en la interacción. Aquí el emprendedor responde a señales que ya existen. El riesgo es calculable, la demanda es visible y el horizonte es relativamente legible.
La segunda es la innovación impulsada por el laboratorio: no responde a ninguna demanda preexistente porque crea algo que nadie había pedido todavía, algo cuya utilidad el mercado no podía anticipar porque no tenía conceptos para imaginarlo. Es, en esencia, una apuesta. Puede ser un salto al vacío. Puede ser buscar una aguja en un pajar durante años, décadas, generaciones. Es la quinta esencia del riesgo: el riesgo sin red, sin demanda que lo valide, sin mercado que lo financie. Y sin embargo —y aquí está el punto que la visión miope de la economía convencional sistemáticamente ignora— las grandes innovaciones de la humanidad provienen de esa segunda fuente.
Ningún consumidor le pidió a nadie que inventara Internet. Ningún mercado demandó la física cuántica. Nadie encargó el Proyecto Apolo porque quisiera ir de vacaciones a la Luna: fue una apuesta estratégica, política y científica del Estado norteamericano, financiada con dinero público, ejecutada por miles de científicos e ingenieros en laboratorios públicos y privados coordinados por una agencia estatal. El Proyecto Genoma Humano, que abrió las puertas a la biotecnología moderna, nació de la misma lógica: inversión pública masiva en conocimiento sin aplicación comercial inmediata visible. La física cuántica, desarrollada en universidades y laboratorios financiados por Estados y fundaciones, dio lugar con el tiempo a los semiconductores, los láseres, los resonadores magnéticos, los teléfonos inteligentes y buena parte de la economía digital del siglo XXI. El mercado capitalizó todo eso. Pero no lo inventó.
Acaso sea pertinente detenerse en esa secuencia, porque invierte la narrativa dominante con una elegancia que debería incomodar a los adoradores del mercado autorregulado: primero vino el conocimiento público, financiado por el Estado y producido por comunidades científicas que trabajaban sin saber exactamente para qué servía lo que hacían. Después vino el mercado, que tomó ese conocimiento, lo transformó en producto, lo escaló y lo volvió rentable. Los emprendedores privados actuaron, en rigor, montados sobre un ecosistema económico, cultural y científico que el Estado y la sociedad construyeron durante décadas. No operaban en un limbo. Operaban sobre una plataforma que otros, antes que ellos, habían edificado.
No resulta desatinado suponer que la visión que presenta al emprendedor privado como origen único de la innovación no es solo inexacta: es conveniente. Conveniente para quienes prefieren no ver la deuda que el mercado tiene con la ciencia pública, con la educación estatal, con la infraestructura financiada por todos. En el barrio lo diríamos de otro modo: hay quienes se suben al colectivo que construyeron entre todos y después pretenden que llegaron solos.
Dos Inteligencias Que Trascienden Al Individuo
Antes de definir qué es un ecosistema emprendedor, conviene introducir dos conceptos que el desarrollismo inteligente incorpora como pilares teóricos y no como adorno académico. Son nociones distintas —aunque se tocan— y la distinción tiene consecuencias políticas concretas.
La inteligencia colectiva es el conocimiento y la capacidad de acción que emerge de una comunidad sin que medie necesariamente una interacción directa y deliberada entre sus miembros. Es el producto acumulado de innumerables interacciones reales que, sedimentadas en el tiempo, generan algo cualitativamente superior a cualquier aporte individual: la cultura de un pueblo, el idioma que hablamos y que nadie inventó solo, los usos y las costumbres productivas de una región, el saber tácito que circula en un gremio o en un barrio industrial. Nadie diseñó el lunfardo. Nadie convocó a una reunión para inventar el asado. Y sin embargo ahí están, como productos sociales de una inteligencia que no le pertenece a nadie en particular porque le pertenece a todos.
La inteligencia colaborativa, en cambio, es deliberada. Requiere interacción explícita, cara a cara o virtual, entre actores que se reconocen mutuamente como necesarios y que deciden trabajar juntos hacia un objetivo compartido. No emerge sola: se construye. Un equipo de investigación interdisciplinario, una mesa de trabajo entre PyMEs y universidad, un consorcio productivo regional, una política pública diseñada con participación real del sector privado y la sociedad civil: todos son casos de inteligencia colaborativa en acción. La diferencia con la inteligencia colectiva no es de valor sino de mecanismo: una emerge de interacciones difusas y no planeadas; la otra es el producto de una colaboración organizada y consciente de sí misma.
Ambas comparten, sin embargo, algo fundamental que las vuelve políticamente explosivas en el contexto argentino: las dos trascienden al individuo. Las dos son, en su esencia, productos sociales. Y eso tiene una consecuencia directa sobre cómo entendemos el emprendimiento: si la inteligencia que produce valor es siempre, en última instancia, social —emergente o colaborativa, pero social—, entonces el mito del emprendedor absolutamente individual no es solo romántico. Es, en sentido estricto, falso.
En una línea similar, no resulta desatinado suponer que toda organización humana —desde la cooperativa de barrio hasta la corporación multinacional— es, en rigor, un caso particular de cooperación e inteligencia colaborativa en acción. Lo que varía es la escala y la densidad de los vínculos. Lo que no varía es el principio: el valor emerge de la relación, no del átomo aislado.
Esto conduce a una provocación que conviene hacer explícita: el emprendedorismo no es sinónimo de individualismo egoísta y vacío. Existe el emprendedorismo social, que crea valor para comunidades enteras. Existen las cooperativas, donde la propiedad y la decisión son compartidas. Existen los emprendimientos de base científica, que nacen de años de trabajo colectivo en un laboratorio. Reducir “emprender” a “un individuo que persigue su beneficio personal” es mutilar el concepto hasta volverlo irreconocible.
El Ecosistema Emprendedor Y El Nodo Estado
Es en este punto donde todos los conceptos anteriores se anudan con una noción que el desarrollismo inteligente propone como central y que conviene definir con precisión, porque se la usa mucho y se la piensa poco.
Un ecosistema emprendedor no es un conjunto de empresas. No es un parque industrial. No es un polo tecnológico con nombre bonito y subsidio público. Es algo más complejo y más vivo: la trama de relaciones, instituciones, normas, recursos, saberes, redes y culturas que hacen posible que una idea se convierta en empresa, que una empresa crezca, que una empresa que fracasa no destruya a quien la intentó y que el conocimiento acumulado en ese fracaso quede disponible para el siguiente intento. Un ecosistema no es una suma de partes: es la calidad de las conexiones entre las partes. Y en esa calidad —no en el talento individual de sus integrantes— reside la diferencia entre los ecosistemas que producen desarrollo y los que producen frustración.
La inteligencia colaborativa es el tejido invisible que hace funcionar un ecosistema emprendedor. Sin ella, los actores coexisten pero no se potencian. Con ella, cada nodo del sistema —la PyME, el investigador, el financista, la escuela técnica, el emprendedor, el municipio— se vuelve más valioso por estar conectado que por existir solo.
Y aquí conviene detenerse en un nodo que suele generar más ruido que reflexión: el Estado. El Estado, en última instancia, no es ni el motor inevitable del desarrollo ni el obstáculo irremediable que algunos predican con fervor casi religioso. Es un nodo. Un nodo con enorme capacidad de influencia sobre el ecosistema, pero un nodo al fin. Puede ser un nodo sinérgico: el que articula actores que solos no se encontrarían, financia los riesgos de la innovación impulsada por el laboratorio que el mercado solo jamás asumiría, forma capacidades que el sector privado no puede costear individualmente, regula sin asfixiar, orienta sin sustituir. Puede ser un nodo abandonador: el que se retira, deja el campo vacío y llama a esa vacancia “libertad”. Puede ser cooperador, ausente, o simplemente torpe.
El destino final de la nación —como idea colectiva, como proyecto compartido, como producto de la inteligencia social acumulada durante generaciones— depende en buena medida de qué nodo elige ser el Estado en cada momento histórico. No es una pregunta abstracta. Es la pregunta política más concreta que puede hacerse una sociedad. Y la respuesta no está en ningún manual de economía: está en la calidad del liderazgo, en la solidez de las instituciones y en la madurez de una ciudadanía que exige proyecto en lugar de relato.
Dos Modelos, Un País
A modo de cierre, quien escribe estas líneas propone la siguiente distinción, que espera sea operativa y no meramente académica.
El primer modelo multiplica cuentapropistas aislados y los llama libres. Administra la intemperie con vocabulario motivacional. Financia innovación impulsada por la demanda —la única que el mercado puede ver— e ignora sistemáticamente la innovación impulsada por el laboratorio, que es la que produce los saltos históricos. Desfinancia la ciencia, cierra escuelas técnicas, expulsa investigadores y después se pregunta por qué el país no innova. Es el modelo que elige el nodo Estado abandonador: el que confunde su retirada con una concesión de libertad.
El segundo modelo construye emprendedores con futuro y les ofrece ecosistema. Entiende que la innovación de laboratorio requiere inversión pública sostenida en ciencia, tecnología y educación, y que esa inversión es la plataforma sobre la cual el mercado desplegará después su capacidad de escalar, comercializar y distribuir. Crea las condiciones para que la inteligencia colaborativa conecte actores, para que la inteligencia colectiva acumulada en la cultura productiva de cada región se convierta en ventaja competitiva real. No elimina el riesgo. Lo organiza inteligentemente, distribuyéndolo entre individuo, empresa, Estado y sociedad.
Uno administra la intemperie. El otro edifica país.
Uno convierte la libertad en salvavidas de plomo. El otro la convierte en motor, brújula y horizonte.
Acaso, quién te dice, la diferencia entre una Argentina que se las rebusca eternamente y una Argentina que por fin se decide a producir su destino no pase por la ideología. Pase por entender que los emprendedores privados no operan en un limbo: operan montados sobre un ecosistema económico, cultural y científico que la sociedad construyó. Y que un país que destruye ese ecosistema en nombre de la libertad no está liberando a sus emprendedores. Los está dejando solos en el aire.
Edison tenía razón en lo esencial: el genio no viene del cielo. Se construye. Ladrillo a ladrillo, laboratorio a laboratorio, política a política. Y un país que comprende eso deja de esperar su milagro y empieza, por fin, a merecer el que ya tiene.
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Glosario Operativo
Siete conceptos para pensar distinto el problema.
Emprendedor por vocación: Sujeto productivo que elige emprender desde una oportunidad, una idea o una capacidad. No solo busca ingreso: busca crear valor y tiene, para hacerlo, una dirección. Puede ser individual, social, cooperativo o científico.
Cuentapropista por desesperación: Trabajador empujado al autoempleo por ausencia de alternativas. No emprende desde el proyecto sino desde la urgencia. Su valentía merece respeto; su situación, políticas concretas. Llamarlo “emprendedor” sin más es administrar su intemperie con vocabulario motivacional.
Innovación impulsada por la demanda: Innovación que responde a necesidades ya existentes y detectables en el mercado. Es el territorio clásico de la competencia privada: la demanda habla, la oferta mejora. El riesgo es calculable y el horizonte es legible. Necesaria, pero insuficiente para los grandes saltos.
Innovación impulsada por el laboratorio: Innovación que no responde a ninguna demanda preexistente porque crea algo que nadie había pedido todavía. Es la quinta esencia del riesgo: sin red, sin demanda que la valide, sin mercado que la financie. Internet, la física cuántica, el Proyecto Apolo, el Proyecto Genoma: todos provienen de aquí. Sin inversión pública sostenida, este tipo de innovación sencillamente no ocurre.
Inteligencia colectiva: Conocimiento y capacidad que emerge de una comunidad sin interacción directa y deliberada: sedimento de innumerables interacciones reales acumuladas en el tiempo. La cultura, el idioma, los saberes tácitos de un oficio. Nadie la diseñó: se precipitó, como producto social que trasciende a cualquier individuo.
Inteligencia colaborativa: Capacidad que emerge de una interacción explícita, deliberada y organizada entre actores con roles y saberes distintos que trabajan juntos hacia un objetivo compartido. No emerge sola: se construye. Toda organización humana es un caso particular de inteligencia colaborativa en acción. Es el tejido invisible del ecosistema emprendedor.
Ecosistema emprendedor: Trama de relaciones, instituciones, recursos, saberes, redes y culturas que hacen posible que una idea se convierta en empresa y que el conocimiento de cada intento quede disponible para el siguiente. No es una suma de partes: es la calidad de las conexiones entre ellas.
Nodo Estado: El Estado como actor del ecosistema productivo: no motor inevitable ni obstáculo irremediable, sino nodo con enorme capacidad de influencia. Puede ser sinérgico, cooperador, abandonador o ausente. Es el único actor capaz de financiar la innovación de laboratorio que el mercado solo no asume. El destino de la nación como idea colectiva depende de qué nodo elige ser.
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Federico González
Fundador del Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI
Candidato a Presidente de la Nación Argentina




