Inteligencia Artificial, Poder Global y el Tiempo que Argentina Pierde
El caso Fable: la IA que Estados Unidos bloqueó y que acá nadie vio Federico González | Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI
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El 12 de junio de 2025, el gobierno de Donald Trump firmó una orden que prohibía a cualquier persona sin nacionalidad estadounidense acceder a Fable 5, el modelo de inteligencia artificial más avanzado jamás construido por la empresa Anthropic —el laboratorio de IA fundado por Dario Amodei y creador de Claude, la familia de modelos de la que Fable 5 es la versión más poderosa hasta la fecha. La prohibición alcanzaba a todo extranjero, incluso si vivía legalmente en los Estados Unidos, incluso si trabajaba para la propia Anthropic. Así, Amanda Askell, la filósofa escocesa que diseñó buena parte de los parámetros morales del modelo, no pudo acceder a su propia obra. Difícilmente haya imagen más elocuente del mundo que viene.
En esos mismos días, la política argentina estaba ocupada con algo verdaderamente urgente: dilucidar si Manuel Adorni, el vocero presidencial, era culpable o inocente en una causa judicial de entidad menor. Un tema que, en cualquier sistema político medianamente sano, habría merecido un despacho de agencia y una breve nota al pie, se había convertido en una especie de dilema hamletiano colectivo: ¿debe renunciar o debe continuar? ¿Es o no es? Los canales de noticias, los analistas, las redes sociales, los dirigentes opositores: todos absorbidos por esa pregunta con la intensidad que se le reserva a las grandes encrucijadas históricas.
Mientras tanto, el mapa del poder global se redibujaba en tiempo real. Y nadie, prácticamente nadie, lo estaba mirando.
Es el patrón que el análisis político argentino reproduce con una regularidad que ya no sorprende pero todavía indigna: la capacidad de elevar lo accesorio a la categoría de lo esencial, y de degradar lo esencial hasta hacerlo invisible. A los debates sobre la culpabilidad de Adorni se suman, en rotación permanente, las discusiones sobre la existencia y la esencia de candidatos imaginarios —figuras que no han presentado un solo programa sustantivo, que no tienen proyecto articulado de país, pero que ocupan semanas enteras del análisis político con el solo hecho de no haber dicho todavía si van a ser candidatos. El comentariado político argentino puede sostener durante meses el debate sobre el ser o no ser electoral de una persona que aún no tiene nada concreto para decir.
En ese mismo espacio de debate, existe un candidato —quien escribe estas líneas— con un proyecto explícito, articulado y publicado: el Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI, disponible en forma de libro, con tesis concretas sobre el modelo de país, la inserción internacional, la política tecnológica y el desarrollo productivo. Un proyecto que piensa y propone de forma sustantiva. Que tiene respuestas —o al menos preguntas rigurosas— para los problemas que realmente importan. Y que el análisis político argentino, con una coherencia que también es reveladora, elige sistemáticamente ningunear. No refutar: ningunear. Porque refutar requiere leer. Y leer requiere tomarse en serio lo que se está discutiendo.
Quien escribe estas líneas lleva años sosteniendo que el gran problema estratégico de la Argentina no es el déficit fiscal, ni el cepo cambiario, ni siquiera la deuda externa. El gran problema de la Argentina es que no tiene proyecto de nación. Y un país sin proyecto de nación es un país que otros proyectan.
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Lo que Fable 5 reveló sobre el mundo
Conviene presentar los actores para quien no los sigue de cerca, porque el episodio los involucra a todos y la confusión entre ellos es frecuente. Anthropic es una empresa americana de inteligencia artificial fundada en 2021, considerada junto a OpenAI —creadora de ChatGPT y GPT-4— uno de los dos laboratorios de IA más avanzados del mundo. Su familia de modelos se llama Claude. Dentro de esa familia existe una categoría de élite denominada Mythos, reservada para los modelos más potentes y con acceso restringido. Fable 5 es la versión «domesticada» y parcialmente pública de ese nivel: una variante con salvaguardas de seguridad incorporadas, pensada para uso profesional amplio. Para sectores que requieren las capacidades completas —defensa, biotecnología, ciberseguridad de alto nivel— Anthropic habilitó el Proyecto Glasswing, un programa de acceso selectivo con apenas doscientas empresas aprobadas en el mundo.
Digámoslo sin eufemismos: Fable 5 no es un chatbot más sofisticado. Es el primer modelo que resuelve el ochenta por ciento de los problemas de ingeniería de software compleja en una sola sesión de trabajo, que multiplica por seis las capacidades de análisis legal de sus predecesores, que genera una productividad tan pronunciada que usuarios y expertos lo describieron como «extremadamente adictivo» para el desarrollo profesional. El salto cualitativo respecto a modelos anteriores, incluyendo los de OpenAI, es tan pronunciado que obliga a repensar las categorías con las que medíamos el progreso tecnológico.
Sin embargo, lo más revelador no son los benchmarks técnicos. Lo más revelador es la arquitectura de poder que el episodio desnudó.
Primero: una empresa privada americana construyó una herramienta de tal potencia estratégica que el gobierno federal de la primera potencia mundial intervino para controlar su distribución en función de la nacionalidad de los usuarios. No de su conducta. No de sus intenciones verificables. De su pasaporte.
Segundo: el mecanismo de bloqueo se activó a partir de una vulnerabilidad de seguridad —una secuencia de instrucciones que permitía saltear las restricciones del modelo y acceder a su versión Mythos sin filtros— descubierta por investigadores de Amazon. Andy Jassy, CEO de Amazon, la notificó al gobierno para evitar responsabilidades legales. Es decir: una empresa tecnológica condicionó el acceso al conocimiento más avanzado de la humanidad por razones de cobertura jurídica corporativa. El mercado y el Estado, en perfecta y perturbadora sintonía.
Tercero, y acaso más inquietante: el propio Fable 5 fue diseñado para dar respuestas incorrectas de forma deliberada y silenciosa cuando detectaba que quien consultaba era un investigador de laboratorios competidores o extranjeros —entre ellos, específicamente, DeepSeek, el laboratorio chino que en los últimos años ha emergido como el rival tecnológico más serio de los laboratorios americanos. Anthropic, tras las críticas públicas, prometió ser «más vocal» al respecto: avisar en lugar de engañar en silencio. Como si la diferencia ética relevante fuera la transparencia del engaño y no el engaño mismo.
Todo esto ocurrió en tres días. Del 9 al 12 de junio.
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La soberanía que nadie nombra
Existe un concepto que la Argentina abandonó sin demasiado debate: la soberanía. No la soberanía como proclama retórica —de esa tenemos en abundancia— sino la soberanía como capacidad efectiva de decidir. La soberanía real, la que se construye con infraestructura, con conocimiento, con poder de negociación genuino.
Propongo una categoría nueva, o al menos actualizada: la soberanía de inteligencia artificial. Entiendo por ella la capacidad de un Estado-nación de acceder, desarrollar y eventualmente desplegar modelos de IA de frontera de forma autónoma, o al menos en condiciones de reciprocidad negociada desde una posición de poder propio. Sin esa capacidad, un país no elige con qué herramienta piensa, con qué modelo trabaja, con qué inteligencia toma decisiones estratégicas. Depende de lo que Washington —o Beijing— decida otorgarle o negarle en función de su propio cálculo de interés nacional.
Argentina, en este momento, no tiene soberanía de inteligencia artificial. Y lo que el episodio Fable demostró es que esta dependencia no es solo tecnológica: es política y estratégica. Puede ser convertida en instrumento de presión con la misma eficacia que el petróleo en los años setenta o los semiconductores taiwaneses hoy. Si la doctrina que Trump inauguró —restringir el acceso a IA avanzada según la nacionalidad del usuario— se consolida, los países sin capacidad propia quedarán en subordinación tecnológica estructural. No como posibilidad abstracta: como realidad que ya tiene nombre, fecha y número de ejecutiva.
Arturo Frondizi —a quien el Desarrollismo inteligente del siglo XXI reivindica no como figura de museo sino como arquitecto de ideas todavía vigentes— comprendió en los años sesenta que la soberanía real de un país subdesarrollado no pasa por las proclamas retóricas sino por la capacidad productiva propia. «Gobernar es crear las condiciones para el desarrollo», sostenía, con la contundencia de quien entiende que las palabras sin infraestructura son fuegos de artificio. Hoy habría dicho: desarrollar capacidad tecnológica propia, o resignarse a ser objeto de la historia que otros escriben.
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Milei, la ideología del desamparo y la quimera libertaria
A modo de provocación operativa sentenciaré: la ideología de Javier Milei es, en materia de soberanía tecnológica, funcional a la subordinación que él mismo dice combatir.
Explico esta aparente paradoja.
El discurso libertario descansa sobre una premisa que Milei sostiene con fervor casi litúrgico: el Estado es siempre el problema, nunca la solución; el mercado asigna mejor que cualquier burocracia; la intervención pública distorsiona e impide el florecimiento espontáneo del talento y el capital. Aplicada esta premisa a la política tecnológica, la conclusión es letal: Argentina no debe tener política tecnológica de Estado. Los privados harán lo que corresponda. El mercado premiará a quienes lo merezcan.
El problema es que el mercado global de inteligencia artificial no es libre. Es oligopólico, está masivamente subsidiado por el Estado americano —en materia de defensa, seguridad nacional e investigación universitaria pública— y está regulado, como acabamos de ver, cuando la potencia hegemónica lo considera conveniente. El Departamento de Defensa de los Estados Unidos invierte sumas que ningún fondo de capital privado argentino podría imaginar en el desarrollo de capacidades de IA militar. OpenAI recibió contratos federales. Anthropic recibió inversión de Amazon con respaldo implícito del Estado. El mercado al que Milei le reza no existe en este sector. Existe el poder. Y el poder, invariablemente, favorece al poderoso.
Al negarse a construir una política pública de desarrollo tecnológico, el gobierno de Milei no libera fuerzas creativas dormidas: las abandona en manos ajenas. No combate la dependencia: la institucionaliza. No amplía la libertad de los argentinos: renuncia a las condiciones de posibilidad de esa libertad.
Hay una diferencia irreducible entre la libertad como condición de emancipación y la libertad como coartada de la resignación. Milei confunde ambas, o acaso las confunde de forma conveniente para un modelo ideológico que le resulta cómodo y políticamente redituable en el corto plazo.
Por su parte, el alineamiento casi incondicional de Milei con la administración Trump —que en el episodio Fable demostró ser perfectamente capaz de usar la tecnología como instrumento de exclusión geopolítica— hace de la Argentina un socio junior de una potencia que, llegado el caso, nos bloqueará sin titubeos si así lo decide su cálculo de interés nacional. La servidumbre voluntaria, como la llamaba Étienne de La Boétie en el siglo XVI, no ha dejado de ser servidumbre por el hecho de elegirse.
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La política argentina y sus ninguneos estratégicos
No resulta desatinado suponer que, si uno recorriese los principales debates de la política argentina durante las semanas del episodio Fable, encontraría copiosa cobertura sobre los números del INDEC, los cruces entre oficialismo y oposición, las alianzas electorales en formación, el caso Adorni, las declaraciones de Cristina Kirchner sobre cualquier cosa, y las respuestas del gobierno a las declaraciones de Cristina Kirchner sobre cualquier cosa.
Lo que no encontraría —salvo excepciones honrosas pero marginales— es un debate serio sobre qué significa para la Argentina que los Estados Unidos hayan decidido controlar el acceso a la inteligencia artificial en función de la nacionalidad de los usuarios. Ni sobre qué implica que China, con DeepSeek, esté construyendo una alternativa tecnológica de frontera que podría operar con lógicas geopolíticas propias. Ni sobre qué harán los países que no son ni Washington ni Beijing cuando ambos usen la IA como palanca de poder.
El Desarrollismo inteligente del siglo XXI lleva tiempo señalando este déficit de pensamiento estratégico como uno de los problemas más graves de la clase dirigente argentina. No es ignorancia: Argentina tiene científicos de primer nivel mundial, ingenieros de excelencia, universidades públicas que producen capital humano extraordinario. Es algo peor que la ignorancia: es la distracción estructural. El sistema político argentino tiene una capacidad asombrosa de generar urgencias que impiden pensar lo importante. Y lo importante, hoy, es la arquitectura del poder global en la era de la inteligencia artificial.
Mientras la dirigencia argentina discute el nivel del déficit fiscal —pregunta legítima pero radicalmente insuficiente— el mundo está decidiendo quién controlará las herramientas que definirán la productividad, la seguridad y el poder de los próximos cincuenta años. Es como si en 1945, mientras Europa reconstruía su industria y Estados Unidos diseñaba el orden de Bretton Woods, la Argentina hubiese estado debatiendo el precio del trigo.
Acaso sea pertinente recordar que, en algún sentido, exactamente eso ocurrió.
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¿Puede Argentina desarrollar su propia IA? La pregunta seria
Llegamos al momento en que la argumentación más fácil sería la denuncia estéril o el voluntarismo vacío. «Argentina debe tener su propia IA» puede sonar como bravuconada nacionalista o como quijotada desiderativa si no va acompañada de un análisis honesto de condiciones, plazos y estrategias. El Desarrollismo inteligente del siglo XXI no tiene paciencia para los castillos en el aire, y menos para los que se construyen con fondos públicos sin plan ni norte.
Entonces: ¿es deseable y factible que Argentina desarrolle capacidades propias en inteligencia artificial a mediano plazo? La respuesta, con los matices que el rigor exige, es sí. Pero la propuesta tiene que pisar tierra.
La desiderabilidad es clara. Un país que no puede desarrollar ni adaptar sus propias herramientas de IA quedará en una posición de dependencia que no solo afectará su productividad económica sino su capacidad de tomar decisiones soberanas en materia de salud, educación, defensa, justicia y administración pública. Los modelos de IA no son neutros: incorporan sesgos culturales, prioridades valorativas y marcos de interpretación de quienes los diseñan. Un modelo entrenado para el contexto anglófono no necesariamente procesa con igual inteligencia los problemas de una sociedad con historia, idioma y estructuras propias. La soberanía de IA no es un lujo identitario: es una necesidad funcional y estratégica.
La factibilidad requiere precisión. Argentina no puede —ni necesita— competir con OpenAI o Anthropic en el desarrollo de modelos de propósito general de frontera. Esa carrera requiere inversiones de capital y de infraestructura que están fuera de alcance en el corto plazo. Pero esa no es la única forma de jugar, y probablemente tampoco la más inteligente.
El primer vector es el desarrollo de modelos especializados en dominios donde Argentina tiene ventajas comparativas reales y acumuladas. El agro de precisión, la medicina, el derecho en español rioplatense, los recursos naturales, la transición energética: son sectores donde el conocimiento argentino puede traducirse en modelos de IA específicos, superiores en esos dominios a cualquier generalista entrenado para otro contexto. Israel no compite con Boeing en aviación comercial, pero tiene una industria de ciberseguridad de primer nivel mundial construida desde una lógica de necesidad estratégica propia. La Argentina puede recorrer un camino análogo en los nichos donde tiene acumulación de conocimiento genuino.
El segundo vector es la infraestructura de cómputo propio. Sin capacidad de procesamiento soberana, cualquier estrategia de IA depende de servidores controlados por terceros que pueden cortar el acceso cuando lo decidan. Argentina tiene litio —el mineral central en la cadena de valor de la tecnología contemporánea— tiene energía renovable en desarrollo y tiene historia de negociación de contratos de infraestructura de gran escala. Una política de Estado que articule esas fortalezas en función de acuerdos bilaterales con proveedores de semiconductores —Taiwán, Corea del Sur, Japón— puede construir en una década una base de cómputo que hoy no existe. Es costoso. No es imposible. Y es infinitamente más barato que las consecuencias de no haberlo hecho.
El tercer vector (y aquí hay que ser preciso para no caer en el error de enmarcar la propuesta como regulacionismo progresista) es la asertividad diplomática en los foros globales donde se define la gobernanza de la IA. No se trata de construir bloques regionales de solidaridad ideológica ni de emular el modelo europeo de regulación burocrática. Se trata de algo más simple y más poderoso: que Argentina llegue a esas mesas —el G20, las Naciones Unidas, la OCDE— con una posición propia, con intereses nacionales definidos con claridad, con capacidad de negociar desde lo que tiene y no desde lo que le falta. La diplomacia tecnológica no es un lujo de potencias: es el instrumento con el que los países medianos preservan márgenes de maniobra en un mundo donde los grandes se reparten el tablero. La Argentina del Desarrollismo inteligente del siglo XXI no va a esas mesas a pedir ni a protestar: va a negociar.
Everett Rogers, el sociólogo que estudió la difusión de las innovaciones, identificó que las sociedades que adoptan tecnologías sin comprenderlas ni adaptarlas terminan siendo objeto de esas tecnologías, no sujetos de ellas. Argentina está en ese riesgo hoy. El Desarrollismo inteligente del siglo XXI propone exactamente lo contrario: entender primero, adaptar después, desarrollar en paralelo, negociar siempre desde posición propia.
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El golpe final
El episodio Fable 5 quedará en los anales del análisis tecnológico como el momento en que se hizo visible, sin eufemismos, que la inteligencia artificial es el nuevo petróleo: un recurso estratégico cuyo control determina la arquitectura del poder global, y cuya distribución no responde a principios de mercado libre sino a cálculos de interés nacional de los más poderosos.
La Argentina tiene una decisión que tomar. No en abstracto, no en el largo plazo eterno de los documentos que nadie lee: en los próximos tres a cinco años, mientras aún hay margen de acción. O construye las condiciones de su soberanía tecnológica —de forma pragmática, asertiva, desde sus fortalezas reales— o se convierte en usuario pasivo de las tecnologías que otros controlan, sujeto a cortes de acceso cada vez que los intereses hegemónicos lo demanden.
El Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI no propone bravuconadas. Propone proyecto. Y un proyecto sin bravuconadas tiene una sola condición de posibilidad: que alguien en la dirigencia argentina empiece a mirar el mundo que se está construyendo, en lugar de pelearse eternamente por los restos del mundo que ya pasó.
Nadie va a salvarnos de afuera. Pero tampoco hay nada que salvar adentro si no entendemos qué es lo que está en juego afuera.
Federico González
Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI



